Escrito por Alexandra Yépez
Un cuento dedicado a mis amigos waorani
En la selva del Yasuní vivía un ser muy hermoso. Era el único de su especie;
entre los habitantes del lugar no existía nadie que se le pareciera.
Le gustaba pasear entre los árboles, sentir la tierra bajo sus pies y la lluvia
sobre su cuerpo. Podía escuchar a los animales y a las plantas, con quienes
conversaba durante largas horas. No necesitaba mucho para vivir; era libre y
se sentía muy feliz con lo que tenía. Disfrutaba de su vida y tenía muchos
amigos con quienes convivía, bromeaba y jugaba. Todos le llamaban
BOWEWE, porque consideraban que era el representante más fiel del Yasuní.
Por las noches, junto al fuego, cantaba canciones que brotaban de su boca con
gran facilidad.
Un día, mientras caminaba por el bosque, escuchó un ruido distinto a los que
solía oír y percibió un olor diferente a los que estaba acostumbrado a sentir.
Preocupado, siguió el rastro. A lo lejos, entre los árboles, divisó a un ser
parecido a él. Sintió miedo, pero su curiosidad fue más fuerte. Se escondió
entre las ramas de un arbusto y esperó en silencio hasta que el visitante se
quedó dormido.
Entonces, aprovechando la quietud de la noche, se acercó sigilosamente. Al
observarlo de cerca, notó que era idéntico a él, solo que tenía un color
diferente. Nuevamente envuelto por su curiosidad, se escondió en un lugar
desde donde podía vigilar sin ser visto.
Cuando el visitante despertó, se puso a cantar con la misma facilidad con que
BOWEWE solía hacerlo. Estaba a punto de marcharse cuando notó algo
extraño: el visitante cambió repentinamente de color. BOWEWE aún no salía
de su asombro, cuando vio al visitante volver a cambiar de color, y así, una y
otra vez. Era maravilloso; parecía que el reflejo del cielo al amanecer lo
envolvía con ese don tan especial.
—¿Qué hace este ser para lograr tan maravilloso espectáculo? ¿Qué hace él
que yo no puedo hacer? —se preguntó BOWEWE. Mientras se preguntaba
sintió algo que nunca había sentido antes; su cuerpo se estremeció. Qué
extraño sentimiento… tenía más curiosidad que nunca, pero también miedo y
desconcierto.
—Yo también quiero cambiar de color —dijo BOWEWE —. Voy a investigar
todo lo que hace este visitante para aprender su maravilloso truco.
Observaba con atención cada uno de sus movimientos e intentaba imitarlos.
“Debe ser que camina más despacio”, pensó. Pero, tras varios días caminando
de esa forma, no consiguió cambiar de color. Luego imitó sus canciones. “Tal
vez sea la letra o la entonación”, se decía, mientras pasaba horas y horas cantando como el visitante, sin lograr resultado alguno.
—No… eso no es —murmuró—. ¿Será lo que come?
Vigiló al visitante de cerca para ver qué comía y empezó a alimentarse de lo
mismo, pero tampoco logró cambiar de color.
Pasaron los días, los meses y los años y BOWEWE se sentía cada vez más
cansado y frustrado. la alegría se iba convirtiendo en tristeza; sus amigos ya no
querían jugar con él. Se estaba olvidando como hablar con las plantas y los
animales, ya no disfrutaba mojarse con la lluvia, ni sentir la tierra bajo sus pies.
Un día, cansado y viejo, decidió visitar al espíritu que habitaba en el ceibo, el
árbol sabio del bosque.
—¿Qué puedo hacer? —le preguntó—. Quiero cambiar de color como el
visitante, pero no lo he logrado. Ahora siento que vivir aquí ya no es lo que
necesito, aunque tampoco me siento parte de otro lugar.
El ceibo le respondió con voz profunda:
—Has olvidado lo maravilloso que eres. Ya no puedes ver tu grandeza. Has
sufrido por querer ser quien no eres y has perdido tu fuerza y tu poder. Pero
aún tienes un espíritu fuerte, y sé que encontrarás tu camino.
BOWEWE sintió al espíritu guardián dentro de él; sintió su poder y, por primera
vez en mucho tiempo, volvió a sentir alegría. Nuevamente fue libre y se sintió
parte de la selva. Quiso cantar para que todos escucharan su voz, pero el gran
ceibo lo detuvo y opacó su voz:
—No reveles el secreto que te he dado —le dijo—. Cada uno debe encontrar
su propio camino.
BOWEWE deseaba contarles a sus amigos y revelarles cómo debían vivir, pero
su voz se apagó para siempre y sus ojos se cerraron para no abrirse jamás.
Los que lo conocieron saben que BOWEWE se convirtió en espíritu: el espíritu
guardián del equilibrio que vive en la selva y guía a sus amigos para que vivan
libres y felices.
Ahora, BOWEWE aprendió a escuchar a la selva, de tal manera que, si la selva
sufre, las estrellas pierden su brillo; pero si la selva está contenta, las estrellas
resplandecen, el río canta canciones para que los delfines bailen. Alimentará a
quien lo escuche y será vida para quien cante con él.
Incluso, algunos afirman que, si logras ver la luna de color dorado, es porque
BOWEWE la ha pintado para decirte que la selva te ha aceptado.